lunes, 17 de agosto de 2009

A dos años de la muerte de Bergman

Ingmar Bergman nació el 14 de Julio de 1918 y murió el 30 de Julio año 2007, en Suecia.

Dedicó su vida al cine y al teatro, dirigiendo 62 largometrajes y montando 170 puestas en escena. Así mismo, fue guionista y dramaturgo.

Sus films son auténticas exploraciones de la psique y el alma humana, centrándose en los conflictos internos de cada uno de sus personajes. En el núcleo de cada uno de ellos se encuentra la lucha que los seres humanos llevamos a cabo para relacionarnos unos con otros.

Esto no quiere decir que todos sus films sean iguales. En realidad, la capacidad de Bergman para mantener una variedad visual y argumental de una película a otra era infinita. Su creatividad parecía no tener límites.

Woody Allen ha elogiado más de una vez el manejo estilístico del director, enfatizando el espectáculo que éstos representaban. En palabras del mismo Bergman: “La manifestación de la sexualidad en el cine es muy importante para mi. No quiero hacer películas meramente intelectuales. Quiero que la audiencia experimente mis películas con todos sus sentidos. Eso es más importante para mi que lo que entiendan en un plano intelectual.”

Desde el título de una de sus primeras películas, Los Secretos de las Mujeres (1952), hasta las turbulencias en la vida de Marianne (Liv Ullman) en la mini-serie televisiva Secretos de un Matrimonio (1973) y su secuela Sarabanda (2003), la mujer fue uno de los principales objetos de fascinación de Bergman. Tanto sus guiones como su cámara exploraban los diferentes aspectos del físico y la psique femenina.

Los ejemplos son abundantes y variados: la tragedia de la bella Karin (Birgitta Pettersson) en El Manantial de la Doncella (1960), la complicada relación entre las hermanas en El Silencio (1963) y Gritos y Susurros (1973), el sufrimiento físico y emocional de Eva (Liv Ullman) en Shame (1968), la incansable búsqueda interna de Anna (Liv Ullman, una vez más) en La Pasión de Anna (1969), la confrontación entre Charlotte (Ingrid Bergman) y su hija Eva (Liv Ullman, por supuesto) en Sonata de Otoño (1978), y la relación simbiótica marcada por la polaridad y el paralelismo entre la famosa actriz Elisabet (Bibi Anderson) y la enfermera Alma (Liv Ullman, en su primera colaboración con Bergman) en Persona (1966).

Esto no quiere decir que la mujer haya sido el único elemento que capturara el interés del cineasta. Se pueden encontrar otro tipo de historias en su filmografía: el viaje iniciático de Isak Borg (Victor Sjöström) a través de su pasado en Fresas Silvestres (1959), el decenso a la obscuridad (o a la locura) de Johan Borg (Max Von Sydow) en La Hora del Lobo (1968) y el descubrimiento de extraños experimentos relacionados con el nazismo llevado a cabo por Abel Rosenberg (David Carradine) en la no tan afortunada El Huevo de la Serpiente (1977).

Otro claro ejemplo es la clásica El Séptimo Sello (1957), en la que un caballero cruzado (su eterno actor fetiche Max Von Sydow) lleva a cabo una partida de ajedrez con la Muerte, prolongando así su vida unos días más, en los que conoce a una serie de personajes que tendrán un fuerte impacto en su existencia antes de partir.

A medio camino entre drama existencial y pachequera Fellini-ana, El Séptimo Sello explora temas trascendentales para el ser humano; como el significado de la vida, la fe, el fin de los tiempos y la impotencia del ser humano ante la muerte. Todo esto enmarcado por una serie de imágenes que han pasado a la historia, gracias a la capacidad que Bergman tenía para crear momentos cinematográficos inolvidables.

Citándolo, una vez más: “El cine es como un sueño. No hay expresión artística que traspase nuestra consciencia como lo hace el cine. Entra directo a nuestros sentimientos, a la profundidad de nuestras almas.”

Ahora, unas palabras de su fan número uno, Woody Allen: “Conocí a Bergman en un hotel de Nueva York. No era para nada como uno se lo imagina: un genio obscuro y meditabundo. Era un tipo común y corriente. Sven Nykvist (su director de fotografía) me dijo que, mientras filmaban todas esas escenas que hablan sobre la muerte, se la pasaban haciendo bromas y chismeando sobre la vida amorosa de los actores.”

Y para terminar, unas palabras del crítico Leonardo García Tsao: “Las películas de George A. Romero o Tobe Hooper, digamos, no me causan miedo. Las de Bergman, sí. Una vez que uno ha rebasado el tostón de años, esa mirada inflexible sobre el vacío de la existencia, la soledad, la vejez y la muerte adquiere una resonancia aún más perturbadora. Ahora le toca a las generaciones nuevas de espectadores buscar esa obra fundamental y ahondar en sus incómodas verdades.”

lunes, 20 de julio de 2009

"W." (2008)


En 1971, Oliver Stone presentó su cortometraje Last Year in Vietnam, en la Universidad de Nueva York, donde estudiaba cinematografía. A su profesor, Martin Scorsese, le pareció que el film destacaba por la sinceridad con la que Stone abordaba un tema sumamente personal, como lo es la experiencia de un veterano de guerra que regresa al país completamente alienado de la sociedad. Este tema lo retomaría más adelante, en su cinta Born on the Fourth of July (1989).

Por otra parte, Lloyd Kaufman, presidente de Troma Entertainment y amigo de la infancia de Stone, dice recordarlo como un niño obsesionado con el orden, el detalle y el control.

Ambas declaraciones pueden ayudar a entender la filmografía del director neoyorkino.

Sus films se caracterizan por abordar temáticas y fenómenos políticos, sociales, económicos y culturales muy específicos, de manera exhaustiva y con una fuerte carga emocional. Tal parece que el personaje de James Woods en Salvador (1986) estuviera inspirado en sí mismo.

En palabras del crítico Leonardo García Tsao: “Si bien el cineasta pinta frecuentemente con brocha gorda sus rollos disfrazados de películas (Pelotón, Wall Street, Nacido el 4 de julio), también es cierto que es de los contados en Hollywood que filman con pasión, se arriesgan con la forma y se atreven a ir a contracorriente frente a la tibieza generalizada.”

Sus films Platoon (1986) y Heaven and Earth (1993) retratan su visión de la guerra de Vietnam. Se trata de verdaderos dramones, que contrastan con el tratamiento incisivo que Kubrick, Cimino y Coppola le dieron a la misma guerra; pero, finalmente, Stone estuvo ahí, lo cuál explica que aborde el fenómeno de una manera más sentimental.

Wallstreet (1987) aborda el tema de la bolsa de valores, las grandes corporaciones y las implicaciones éticas que todo esto conlleva. El padre de Oliver Stone fue corredor de bolsa, y esto se refleja fuertemente en la cinta, que está dedicada a su memoria.

JFK (1991) cuenta las aventuras de Jim Garrison, un abogado de Nueva Orleans obsesionado con esclarecer el asesinato de John F. Kennedy. Una vez más, la atención al detalle y la necesidad de encontrar la verdad se funden en un envolvente relato que no deja parpadear al espectador durante las tres horas de su metraje.

Natural Born Killers (1994) toma un guión de Tarantino y lo convierte en una sátira sobre la glorificación de la violencia en la sociedad y los medios de comunicación actuales. Aunque el par de asesinos resulta desagradable y antipático, la película ha sido fuertemente criticada, al ser vista como una glorificación de la misma violencia que supuestamente está denunciando.

Any Given Sunday (1999) explora el vertiginoso mundo del fútbol americano, siguiendo la tradición oliverstoniana de mostrarnos lo que sucede tras bambalinas: lo que hacen y dicen las figuras públicas (en este caso, los dueños, directivos, cuerpo técnico y jugadores del equipo) cuando el público y las cámaras (aunque éstas de vez en cuando se cuelan) no están observando.

U-Turn (1997) fue, al parecer, un intento de alejarse del comentario político y social, para narrar una historia sórdida que homenajea al “film noir”; con un desierto montañoso, digno de los “westerns” más majestuosos, como escenario. Recuerda a las películas de los hermanos Coen, pero mucho menos lograda.

Con Alexander (2004), Stone logra finalmente contar la vida de su personaje favorito de la historia: Alejandro Magno. Es una pena que su proyecto más largamente anhelado resultara ser una de sus películas más fallidas.

World Trade Center (2006) tenía el potencial para ser un film intenso, basado en eventos reales e impactantes. Sin embargo, resulta más dramático escuchar al director y al elenco hablar sobre los hechos que la experiencia de ver la película.

The Doors (1991) aborda el movimiento contracultural de los años sesenta, centrándose en la vida del enigmático cantante Jim Morrison,

Esta misma vía la siguen Nixon (1995) y su más reciente producción, W. (2008).

La primera es una interesante y compleja exploración de la personalidad de Richard Nixon, su asenso al poder y su inevitable caída, al no poder escapar de sus propios demonios.

La segunda intenta explicar cómo un hombre desobligado y alcohólico como George W. Bush logró "reencaminar" su vida y ser electo presidente de la nación más poderosa del mundo… ¡dos veces!

La película dividió a la crítica y no gozó de un gran éxito comercial en los Estados Unidos. Así mismo, la decisión de estrenarla antes de las elecciones del 2008 ha sido fuertemente cuestionada.

Estilísticamente, el film es más cercano al tratamiento clásico de Alexander y World Trade Center, que a la locura visual de Nixon, JFK y Natural Born Killers.

En el aspecto temático, la película se adentra en un terreno más que conocido para Stone: el de los “fantasmas del pasado”.

Ejemplos de esto, hay muchos: los fantasmas de Abraham Lincoln, John F. Kennedy, los hermanos y los padres fallecidos de Nixon; la figura del indígena sometido y desterrado en Natural Born Killers y The Doors; la figura de Alejandro Magno, también en The Doors; las míticas hazañas de Aquiles y Patroclo en Alexander; la gloria de los grandes jugadores de antaño y el recuerdo idealizado del padre de Cameron Díaz en Any Given Sunday; y, finalmente, la guerra de Vietnam, la “Tormenta del Desierto” y el fantasma viviente de George H. W. Bush en W.

Así mismo, da la impresión de que Stone estuviera construyendo puentes cinematográficos entre su otrora época predilecta (los años 60) y los fenómenos socio-político-económicos de nuestros tiempos.

Sus documentales sobre Fidel Castro son una muestra de ello, así como el documental sobre Hugo Chávez, que aún continúa realizando.

Un dato curioso: Oliver Stone y Bush pertenecen a la misma generación de la Universidad de Yale, al igual que Lloyd Kaufman.

Stone dice no haberlo conocido durante este periodo, y Kaufman opta por bromear cada vez que se le pregunta lo mismo (lo cuál resulta sospechoso, dado que por ahí se han visto fotos de su esposa, Pat Kaufman, bromeando alegremente con el expresidente, así como una carta en la que éste felicitaba al director/productor por crear “grandes clásicos estadounidenses”… pero bueno, esto ya se está pareciendo mucho a “Ventaneando”, así que mejor ahí la dejamos.)

Hasta la próxima.

lunes, 22 de junio de 2009

La venganza en el cine


¿Dónde está la frontera entre la justicia y la venganza? ¿Qué diferencia hay entre disparar en defensa propia y buscar criminales para aniquilarlos? ¿Tiene derecho el ciudadano común a tomar la justicia en sus propias manos? ¿En qué momento deja éste de ser un asesino para convertirse en héroe?

Estas son las preguntas básicas que el cine de justicieros ha planteado una y otra vez. Afortunadamente, no se ha llegado a respuestas definitivas, lo que le da mayor complejidad y longevidad al género (o subgénero, o pseudogénero).

Por una parte, se encuentran algunos superhéroes como Superman o los Watchmen de Alan Moore, que son bien recibidos por sus respectivas comunidades (estos últimos, en los años previos a su abolición). Lo mismo se puede decir del Batman de los años sesenta, que colaboraba abiertamente con la policía.

El caso opuesto sería el de Charles Bronson en la saga Death Wish (1974, 1982, 1985, 1987, 1994... y ya viene el reboot en el 2011), en la que las autoridades nunca dejan de considerarlo un criminal y perseguirlo como tal.

Quizá se pueda hablar de otro tipo de justicieros, aquellos que viven al margen de la sociedad y las autoridades. Aquellos que viven en un mundo con códigos propios, los cuáles rigen la venganza en cuestión. El Spaghetti Western y el cine de Samurais renegados recurren constantemente a estas convenciones.

Pero la cosa no termina ahí.

En 1960, Ingmar Bergman estrena El Manantial de la Doncella, una cruda y onírica historia de violación, asesinato y venganza. Wes Craven se fusila el argumento de este film para crear The Last House on the Left (1972), película que, si bien no posee la maestría ni la densidad temática de la cinta de Bergman, se ha convertido en un clásico del cine de venganza estadounidense, por la crudeza de sus imágenes y el lugar que ocupa en la historia del cine de terror.

Justamente, durante los años setenta y a principios de los ochenta, se dio un boom de películas que manejaban dicha temática: una mujer es violada (y, a veces, también asesinada) y decide (o sus seres queridos deciden) cobrar venganza.

En este periodo, Sam Peckinpah viaja a Inglaterra para filmar la intensa Straw Dogs (1971), el sueco Bo Arne Vibenius rueda la infame Thriller, en Grym Film (1974), Michael Winner responde desde los Estados Unidos con Death Wish (1974), Meir Zarchi decide colgarse del éxito estos films y arremete con I Spit on Your Grave (1978), Abel Ferrara también se ve listo y entrega la divertida Ms. 45 (1981); y, por si eso fuera poco, el sultán de la Serie B, William Lustig, hace de las suyas con Vigilante (1983).

Estas películas aporrean al espectador con sus excesos; haciéndose, inevitablemente, tanto de un buen número de fanáticos como de detractores.

El film francés Baise Moir (Despentes, 2000), intenta recuperar el espíritu de las películas de violación y venganza de los años setenta. Si bien se puede decir que gozó una excelente recepción a nivel mundial, también se puede decir que es una basca.

Por otra parte, Gaspar Noé, con su cinta Irreversible (2002), logra no sólo recuperar el espíritu de dichas cintas, sino superarlas en cuanto a violencia gráfica y malestar estomacal.

Por esas fechas, Quentin Tarantino filma lo que será su aportación al género (o subgénero, o pseudogénero… da lo mismo), Kill Bill (Vol. 1 – 2003 y Vol. 2 – 2004). Esta larga película rinde homenaje a los subgéneros en los que el tema de la venganza ha sido una constante, como el Spaghetti Western, el Samurai, el Yakuza y el Kung Fu.

Otra visión del justiciero nos la ofrece Martin Scorsese, que en 1976 estrena una de sus obras maestras, Taxi Driver. El film resulta peculiar por la ironía con la que maneja la temática, sobre todo en el desenlace de la historia.

Con Death and the Maiden (1994), Roman Polanski ofrece una de las reflexiones cinematográficas más complejas alrededor de la justicia y la venganza. En ese sentido, se emparenta con la Bad Lieutenant (1992) de Abel Ferrara. Ambas se rehúsan a mostrar el “ojo por ojo, diente por diente” como única opción, hurgando en los sentimientos del agraviado y las diferentes perspectivas que puede haber de los eventos. En palabras del crítico Leonardo García Tsao: “Ferrara es capaz de mostrarnos al personaje en el extremo de la degradación –masturbándose delante de un par de jóvenes infractoras de tránsito- y así mismo de conmovernos con su deseo de redención.”

Christopher Nolan explora la misma discusión con Batman Begins (2005), con menores resultados. Resultan más interesantes sus primeras películas; especialmente, Memento (2000), en la cuál se narra una historia de venganza jugando inteligentemente con la estructura y dándole un giro novedoso en las últimas escenas (que serían las primeras, si estuviera contada en orden cronológico).

The Limey (1999), de Steven Soderbergh, se emparenta con esta última, tanto por la falta de orden cronológico como por el enfoque interesante que se le da al personaje que desea consumar la venganza.

Interesante resulta, también, el cómic de Marvel, Punisher, que ha inspirado ya algunas películas. Dicho anti-héroe es intrigante no por su complejidad, sino al contrario, por la visión unidimensional que posee para enfrentar al crimen. Él no cobra venganza… él castiga.

Así mismo, la Batman (1989) de Tim Burton es, básicamente, una “revenge movie” que, además, da la casualidad que está inspirada en una historieta famosa.

Tampoco puede dejar de mencionarse la trilogía de venganza del coreano Chan-wook Park, Sympathy for Mr. Vengeance (2002), Oldboy (2003) y Lady Vengeance (2005); que resulta especialmente llamativa por el contraste entre el preciosismo de sus imágenes y la crudeza de los eventos.

Y cuando parecía que el cine de venganza ya no tenía nada nuevo qué decir, el director irlandés Neil Jordan entrega The Brave One (2007), estelarizada por Jodie Foster. Jordan logra un balance adecuado entre las emociones fuertes, un estilo visual atractivo, y la reflexión temática en torno a la figura del justiciero. Y, además, se da el lujo de hacer una referencia a Taxi Driver; basada, precisamente, en la participación de Jodie Foster en dicha cinta.

No está de más mencionar el “remake” de The Last House on the Left (Dennis Iliadis, 2009), filme correcto en el aspecto formal, con algunas secuencias especialmente intensas y efectivas.

Falta ver Fuk Sau (su título internacional es Vengeance) (2009), de Johnnie To, que compitió por la Palma de Oro en el Festival de Cannes este año y que promete ser, de acuerdo con The Hollywood Reporter, un “melodrama estilizado, acelerado e intenso”.