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martes, 20 de octubre de 2009

Inglourious Basterds (2009)

A mediados de los ochenta, Quentin Tarantino escribió y dirigió su película ultra-independiente My Best Friend’s Birthday, financiándola con sus propios recursos y rodándola a lo largo de tres años. Cuando por fin reveló el material filmado, se encontró con un producto (en sus palabras) “amateur y carente de gracia”; por lo que decidió abandonar el proyecto.

En los años subsecuentes, Tarantino escribió tres guiones, Natural Born Killers, True Romance y From Dusk Till Dawn. El primero terminó siendo la inspiración para un film de Oliver Stone (1994), el segundo, una de las mejores películas de Tony Scott; y el tercero daría vueltas por muchas manos hasta que, finalmente, en 1996 fuera filmada por Robert Rodríguez.

Tras vender dichos guiones, Tarantino logra obtener financiamiento para su “ópera prima”, Reservoir Dogs (1992). Los principales productores del proyecto fueron Harvey Keitel, actor conocido por films como Mean Streets (Scorsese,1973) y The Duellists (Scott, 1977); y Lawrence Bender, un joven productor que se había hecho cargo de Intruder (1989), “ópera prima” de Scott Spiegel, amigo de Sam y Ted Raimi, quienes a su vez son amigos de Ethan y Joel Coen.

Su segundo largometraje, Pulp Fiction (1994), además de cosechar un notable éxito económico, fue galardonado con la Palma de Oro en el Festival Internacional de Cannes, lo que le dio a Tarantino la posibilidad de convertirse en uno de los directores más influyentes en la industria.

Enseguida, filma el cortometraje The Man From Hollywood, para la antología Four Rooms (1995). En este film se rinde homenaje a un capítulo del show televisivo Alfred Hitchcok Presents, de nombre The Man From the South, basado en un cuento del genial escritor Roald Dahl. Si bien la película pasó sin pena ni gloria, el corto de Tarantino destaca por su dinámica puesta en escena y su manejo del humor y el suspense.

En 1997 estrena Jackie Brown, un tributo al género llamado “blaxploitation”; y una adaptación de la novela Rum Punch (1992), de su ídolo Elmore Leonard.

Fue entonces cuando la crítica y los fans se dividieron. Los amantes de las emociones fuertes votaban por Pulp Fiction o Reservoir Dogs cuando se trataba de elegir la mejor; los amantes de una buena historia contada con elegancia votaban por Jackie Brown

Kill Bill (o “Fusil Vil”, como diría Leonardo García Tsao) (Vol. 1 - 2003, Vol. 2 - 2004) es, también, un sentido homenaje a diferentes géneros apreciados por Tarantino. Desde el Kung Fu hasta el Spaghetti Western, pasando por el cine de Yakuzas, de Samurais, y un pequeño guiño a las películas de Zombis. La película sirvió tanto para alienar a algunos de los admiradores de sus primeras películas como para interesar a nuevos aficionados a la filmografía del director oriundo de Tennessee.

Si bien el film tiene altibajos, algunos episodios, como The Man From Okinawa, Showdown at the House of Blue Leaves y The Lonely Grave of Paula Schultz, demuestran el control que su creador puede tener sobre el medio cinematográfico.

Death Proof (2007), tras estrenarse como parte del largometraje Grindhouse (Rodríguez, Tarantino, 2007) en Estados Unidos, fue estrenada en el Festival de Cannes y en el resto del mundo por sí sola y en su versión extendida.

La película es, sin mucho pensarle, la menos lograda de Tarantino, pero resulta interesante por su estructura: a lo largo de todo su metraje, se juega con una infinidad de posibilidades dramáticas (noviazgos, romances fugaces, citas frustradas, mujeres liberales, mujeres “apretadas”, hombres lujuriosos, decepciones amorosas, un policía cínico y la relación conflictiva con su hija, diversiones peligrosas, etc…), mismas que son frustradas una y otra vez por la aparición del maniático Stuntman Mike.

Inglourious Basterds (2009) también resulta interesante por la forma en que está narrada, centrándose en unos cuantos momentos claves, a lo largo de tres años, que terminan contando dos historias, y que a su vez se unen en el tercer acto.

Sin duda, Inglourious Basterds utiliza elementos que han funcionado en las anteriores cintas de su realizador. De Pulp Fiction, los primeros actos prolongados. De Reservoir Dogs, la expectativa constante. De Jackie Brown, la sobriedad en el estilo. De Kill Bill, el aspecto mitológico y fantástico.

La película hace gala de la capacidad que tiene el realizador para escribir y dirigir largas conversaciones que giran alrededor de los alimentos y las bebidas. Algunas, ingeniosamente triviales; otras, llenas de tensión y suspenso, pero siempre excelentemente coreografiadas y filmadas.

Así mismo, la lista de géneros en los que ha incursionado se sigue incrementando (aunque siempre los pervierta). Como él mismo lo menciona, ha llegado el momento de realizar un Western, hecho y derecho. Su filmografía nunca estaría completa si no realiza uno. Esperemos que así sea.

lunes, 20 de julio de 2009

"W." (2008)


En 1971, Oliver Stone presentó su cortometraje Last Year in Vietnam, en la Universidad de Nueva York, donde estudiaba cinematografía. A su profesor, Martin Scorsese, le pareció que el film destacaba por la sinceridad con la que Stone abordaba un tema sumamente personal, como lo es la experiencia de un veterano de guerra que regresa al país completamente alienado de la sociedad. Este tema lo retomaría más adelante, en su cinta Born on the Fourth of July (1989).

Por otra parte, Lloyd Kaufman, presidente de Troma Entertainment y amigo de la infancia de Stone, dice recordarlo como un niño obsesionado con el orden, el detalle y el control.

Ambas declaraciones pueden ayudar a entender la filmografía del director neoyorkino.

Sus films se caracterizan por abordar temáticas y fenómenos políticos, sociales, económicos y culturales muy específicos, de manera exhaustiva y con una fuerte carga emocional. Tal parece que el personaje de James Woods en Salvador (1986) estuviera inspirado en sí mismo.

En palabras del crítico Leonardo García Tsao: “Si bien el cineasta pinta frecuentemente con brocha gorda sus rollos disfrazados de películas (Pelotón, Wall Street, Nacido el 4 de julio), también es cierto que es de los contados en Hollywood que filman con pasión, se arriesgan con la forma y se atreven a ir a contracorriente frente a la tibieza generalizada.”

Sus films Platoon (1986) y Heaven and Earth (1993) retratan su visión de la guerra de Vietnam. Se trata de verdaderos dramones, que contrastan con el tratamiento incisivo que Kubrick, Cimino y Coppola le dieron a la misma guerra; pero, finalmente, Stone estuvo ahí, lo cuál explica que aborde el fenómeno de una manera más sentimental.

Wallstreet (1987) aborda el tema de la bolsa de valores, las grandes corporaciones y las implicaciones éticas que todo esto conlleva. El padre de Oliver Stone fue corredor de bolsa, y esto se refleja fuertemente en la cinta, que está dedicada a su memoria.

JFK (1991) cuenta las aventuras de Jim Garrison, un abogado de Nueva Orleans obsesionado con esclarecer el asesinato de John F. Kennedy. Una vez más, la atención al detalle y la necesidad de encontrar la verdad se funden en un envolvente relato que no deja parpadear al espectador durante las tres horas de su metraje.

Natural Born Killers (1994) toma un guión de Tarantino y lo convierte en una sátira sobre la glorificación de la violencia en la sociedad y los medios de comunicación actuales. Aunque el par de asesinos resulta desagradable y antipático, la película ha sido fuertemente criticada, al ser vista como una glorificación de la misma violencia que supuestamente está denunciando.

Any Given Sunday (1999) explora el vertiginoso mundo del fútbol americano, siguiendo la tradición oliverstoniana de mostrarnos lo que sucede tras bambalinas: lo que hacen y dicen las figuras públicas (en este caso, los dueños, directivos, cuerpo técnico y jugadores del equipo) cuando el público y las cámaras (aunque éstas de vez en cuando se cuelan) no están observando.

U-Turn (1997) fue, al parecer, un intento de alejarse del comentario político y social, para narrar una historia sórdida que homenajea al “film noir”; con un desierto montañoso, digno de los “westerns” más majestuosos, como escenario. Recuerda a las películas de los hermanos Coen, pero mucho menos lograda.

Con Alexander (2004), Stone logra finalmente contar la vida de su personaje favorito de la historia: Alejandro Magno. Es una pena que su proyecto más largamente anhelado resultara ser una de sus películas más fallidas.

World Trade Center (2006) tenía el potencial para ser un film intenso, basado en eventos reales e impactantes. Sin embargo, resulta más dramático escuchar al director y al elenco hablar sobre los hechos que la experiencia de ver la película.

The Doors (1991) aborda el movimiento contracultural de los años sesenta, centrándose en la vida del enigmático cantante Jim Morrison,

Esta misma vía la siguen Nixon (1995) y su más reciente producción, W. (2008).

La primera es una interesante y compleja exploración de la personalidad de Richard Nixon, su asenso al poder y su inevitable caída, al no poder escapar de sus propios demonios.

La segunda intenta explicar cómo un hombre desobligado y alcohólico como George W. Bush logró "reencaminar" su vida y ser electo presidente de la nación más poderosa del mundo… ¡dos veces!

La película dividió a la crítica y no gozó de un gran éxito comercial en los Estados Unidos. Así mismo, la decisión de estrenarla antes de las elecciones del 2008 ha sido fuertemente cuestionada.

Estilísticamente, el film es más cercano al tratamiento clásico de Alexander y World Trade Center, que a la locura visual de Nixon, JFK y Natural Born Killers.

En el aspecto temático, la película se adentra en un terreno más que conocido para Stone: el de los “fantasmas del pasado”.

Ejemplos de esto, hay muchos: los fantasmas de Abraham Lincoln, John F. Kennedy, los hermanos y los padres fallecidos de Nixon; la figura del indígena sometido y desterrado en Natural Born Killers y The Doors; la figura de Alejandro Magno, también en The Doors; las míticas hazañas de Aquiles y Patroclo en Alexander; la gloria de los grandes jugadores de antaño y el recuerdo idealizado del padre de Cameron Díaz en Any Given Sunday; y, finalmente, la guerra de Vietnam, la “Tormenta del Desierto” y el fantasma viviente de George H. W. Bush en W.

Así mismo, da la impresión de que Stone estuviera construyendo puentes cinematográficos entre su otrora época predilecta (los años 60) y los fenómenos socio-político-económicos de nuestros tiempos.

Sus documentales sobre Fidel Castro son una muestra de ello, así como el documental sobre Hugo Chávez, que aún continúa realizando.

Un dato curioso: Oliver Stone y Bush pertenecen a la misma generación de la Universidad de Yale, al igual que Lloyd Kaufman.

Stone dice no haberlo conocido durante este periodo, y Kaufman opta por bromear cada vez que se le pregunta lo mismo (lo cuál resulta sospechoso, dado que por ahí se han visto fotos de su esposa, Pat Kaufman, bromeando alegremente con el expresidente, así como una carta en la que éste felicitaba al director/productor por crear “grandes clásicos estadounidenses”… pero bueno, esto ya se está pareciendo mucho a “Ventaneando”, así que mejor ahí la dejamos.)

Hasta la próxima.

lunes, 22 de junio de 2009

La venganza en el cine


¿Dónde está la frontera entre la justicia y la venganza? ¿Qué diferencia hay entre disparar en defensa propia y buscar criminales para aniquilarlos? ¿Tiene derecho el ciudadano común a tomar la justicia en sus propias manos? ¿En qué momento deja éste de ser un asesino para convertirse en héroe?

Estas son las preguntas básicas que el cine de justicieros ha planteado una y otra vez. Afortunadamente, no se ha llegado a respuestas definitivas, lo que le da mayor complejidad y longevidad al género (o subgénero, o pseudogénero).

Por una parte, se encuentran algunos superhéroes como Superman o los Watchmen de Alan Moore, que son bien recibidos por sus respectivas comunidades (estos últimos, en los años previos a su abolición). Lo mismo se puede decir del Batman de los años sesenta, que colaboraba abiertamente con la policía.

El caso opuesto sería el de Charles Bronson en la saga Death Wish (1974, 1982, 1985, 1987, 1994... y ya viene el reboot en el 2011), en la que las autoridades nunca dejan de considerarlo un criminal y perseguirlo como tal.

Quizá se pueda hablar de otro tipo de justicieros, aquellos que viven al margen de la sociedad y las autoridades. Aquellos que viven en un mundo con códigos propios, los cuáles rigen la venganza en cuestión. El Spaghetti Western y el cine de Samurais renegados recurren constantemente a estas convenciones.

Pero la cosa no termina ahí.

En 1960, Ingmar Bergman estrena El Manantial de la Doncella, una cruda y onírica historia de violación, asesinato y venganza. Wes Craven se fusila el argumento de este film para crear The Last House on the Left (1972), película que, si bien no posee la maestría ni la densidad temática de la cinta de Bergman, se ha convertido en un clásico del cine de venganza estadounidense, por la crudeza de sus imágenes y el lugar que ocupa en la historia del cine de terror.

Justamente, durante los años setenta y a principios de los ochenta, se dio un boom de películas que manejaban dicha temática: una mujer es violada (y, a veces, también asesinada) y decide (o sus seres queridos deciden) cobrar venganza.

En este periodo, Sam Peckinpah viaja a Inglaterra para filmar la intensa Straw Dogs (1971), el sueco Bo Arne Vibenius rueda la infame Thriller, en Grym Film (1974), Michael Winner responde desde los Estados Unidos con Death Wish (1974), Meir Zarchi decide colgarse del éxito estos films y arremete con I Spit on Your Grave (1978), Abel Ferrara también se ve listo y entrega la divertida Ms. 45 (1981); y, por si eso fuera poco, el sultán de la Serie B, William Lustig, hace de las suyas con Vigilante (1983).

Estas películas aporrean al espectador con sus excesos; haciéndose, inevitablemente, tanto de un buen número de fanáticos como de detractores.

El film francés Baise Moir (Despentes, 2000), intenta recuperar el espíritu de las películas de violación y venganza de los años setenta. Si bien se puede decir que gozó una excelente recepción a nivel mundial, también se puede decir que es una basca.

Por otra parte, Gaspar Noé, con su cinta Irreversible (2002), logra no sólo recuperar el espíritu de dichas cintas, sino superarlas en cuanto a violencia gráfica y malestar estomacal.

Por esas fechas, Quentin Tarantino filma lo que será su aportación al género (o subgénero, o pseudogénero… da lo mismo), Kill Bill (Vol. 1 – 2003 y Vol. 2 – 2004). Esta larga película rinde homenaje a los subgéneros en los que el tema de la venganza ha sido una constante, como el Spaghetti Western, el Samurai, el Yakuza y el Kung Fu.

Otra visión del justiciero nos la ofrece Martin Scorsese, que en 1976 estrena una de sus obras maestras, Taxi Driver. El film resulta peculiar por la ironía con la que maneja la temática, sobre todo en el desenlace de la historia.

Con Death and the Maiden (1994), Roman Polanski ofrece una de las reflexiones cinematográficas más complejas alrededor de la justicia y la venganza. En ese sentido, se emparenta con la Bad Lieutenant (1992) de Abel Ferrara. Ambas se rehúsan a mostrar el “ojo por ojo, diente por diente” como única opción, hurgando en los sentimientos del agraviado y las diferentes perspectivas que puede haber de los eventos. En palabras del crítico Leonardo García Tsao: “Ferrara es capaz de mostrarnos al personaje en el extremo de la degradación –masturbándose delante de un par de jóvenes infractoras de tránsito- y así mismo de conmovernos con su deseo de redención.”

Christopher Nolan explora la misma discusión con Batman Begins (2005), con menores resultados. Resultan más interesantes sus primeras películas; especialmente, Memento (2000), en la cuál se narra una historia de venganza jugando inteligentemente con la estructura y dándole un giro novedoso en las últimas escenas (que serían las primeras, si estuviera contada en orden cronológico).

The Limey (1999), de Steven Soderbergh, se emparenta con esta última, tanto por la falta de orden cronológico como por el enfoque interesante que se le da al personaje que desea consumar la venganza.

Interesante resulta, también, el cómic de Marvel, Punisher, que ha inspirado ya algunas películas. Dicho anti-héroe es intrigante no por su complejidad, sino al contrario, por la visión unidimensional que posee para enfrentar al crimen. Él no cobra venganza… él castiga.

Así mismo, la Batman (1989) de Tim Burton es, básicamente, una “revenge movie” que, además, da la casualidad que está inspirada en una historieta famosa.

Tampoco puede dejar de mencionarse la trilogía de venganza del coreano Chan-wook Park, Sympathy for Mr. Vengeance (2002), Oldboy (2003) y Lady Vengeance (2005); que resulta especialmente llamativa por el contraste entre el preciosismo de sus imágenes y la crudeza de los eventos.

Y cuando parecía que el cine de venganza ya no tenía nada nuevo qué decir, el director irlandés Neil Jordan entrega The Brave One (2007), estelarizada por Jodie Foster. Jordan logra un balance adecuado entre las emociones fuertes, un estilo visual atractivo, y la reflexión temática en torno a la figura del justiciero. Y, además, se da el lujo de hacer una referencia a Taxi Driver; basada, precisamente, en la participación de Jodie Foster en dicha cinta.

No está de más mencionar el “remake” de The Last House on the Left (Dennis Iliadis, 2009), filme correcto en el aspecto formal, con algunas secuencias especialmente intensas y efectivas.

Falta ver Fuk Sau (su título internacional es Vengeance) (2009), de Johnnie To, que compitió por la Palma de Oro en el Festival de Cannes este año y que promete ser, de acuerdo con The Hollywood Reporter, un “melodrama estilizado, acelerado e intenso”.

lunes, 5 de enero de 2009

Quantum of Solace (2008)


Hoy en día, en Hollywood está proliferando el fenómeno del “reboot”. Esto quiere decir que una serie cinematográfica exitosa se reinicia, se “resetea”. Se incorporan personajes y elementos de las películas anteriores pero se parte de cero. Esto, evidentemente, responde a cuestiones comerciales y de mercado, pero eso no significa que no pueda ofrecer recompensas artísticas. En el mejor de los casos, el “reboot” puede significar una reinterpretación del mito. Una puesta al día de una historia que se ha logrado instalar en el imaginario colectivo. Esto ha sucedido una y otra vez durante décadas con clásicos como Drácula, Frankenstein, King Kong y La Momia. Al parecer, no son los únicos mitos que vale la pena revisitar. Ejemplos más recientes serían: Batman Begins (Nolan, 2005), que dejó atrás la serie creada por Tim Burton para iniciar una nueva; The Incredible Hulk (Leterrier, 2008), que hace a un lado el film que dirigiera Ang Lee en el año 2003; Halloween (Zombie, 2007), que deja morir en paz a la saga iniciada por John Carpenter; y, por supuesto, Casino Royale (Campbell, 2006), que “rebootea” la saga de James Bond después de cuarenta años y veinte películas (a menudo se habla de ella como la franquicia más exitosa de la historia del cine, sin embargo, la serie de Wong Fei-Hung en China, la de Zatoichi en Japón y la de Tarzán en Estados Unidos fueron más longevas).

Después de Die Another Day (Tamahori, 2002), su cuarto film como el 007, Pierce Brosnan se mostraba indeciso para seguir encarnando al agente de la MI6. En alguna ocasión comentó a la prensa que regresaría si Quentin Tarantino dirigiera la próxima película y se tratase de una adaptación de la primera novela sobre James Bond, Casino Royale (Fleming, 1953). Tarantino confirmaría que, en efecto, lo había platicado con Brosnan, pero que no veía posibilidades de que sucediera. Su idea era filmarla en blanco y negro, agregando una “voz off” en post-producción, para homenajear a los thrillers noir de espionaje de los años 50.

Evidentemente, los productores Wilson y Broccoli no iban a permitir que le hicieran eso a su franquicia, pero la idea de adaptar Casino Royale permaneció en el aire. La novela ya había sido adaptada en un par de ocasiones, pero ninguna de ellas dentro de la serie oficial. La primera fue para un programa de TV estadounidense, Climax!, en 1954. El capítulo fue dirigido por William Brown y estelarizado por Barry Nelson y Peter Lorre. La segunda se trató de una comedia realizada en 1967, protagonizada por David Niven, Peter Sellers, Orson Welles, Ursulla Andress y Woody Allen. En la película trabajaron cerca de diez guionistas y cinco directores, entre ellos John Houston. Pero ni siquiera la conjunción de estos talentos logró que el resultado fuera aceptable.

Era enero del 2006 y había llegado el momento de filmar la versión cinematográfica definitiva de Casino Royale, que se estrenaría ese mismo año. Se contrató al director Martin Campbell, quien logró llevarla a buen puerto, con ayuda del actor inglés Daniel Craig.

Este año se estrenó Quantum of Solace (Forster, 2008), segundo film con Craig en el papel principal. Sin duda, se trata del episodio más polémico de la serie. Las quejas son variadas: el actor tiene cara y cuerpo de boxeador, es güero, las escenas de acción fueron realizadas por gente de la saga Bourne y se nota, Bond no bebe Vodka Martini agitado, la cortinilla de entrada la pusieron al final (¡!), Q y Moneypenny siguen ausentes.

En mi opinión, las faltas no son tan graves. La interpretación de Craig es tan convincente que su fisionomía puede pasar a segundo plano. Del mismo modo, su personaje y la relación que lleva con M están decentemente escritos y eso se agradece. Felix Leiter resulta, por primera vez en la serie, un personaje interesante. Con mucha probabilidad, los personajes de Q y Moneypenny se irán introduciendo en un futuro y la cortinilla regresará a donde pertenece.

Hay quienes afirman que Craig es el peor Bond de la historia y que debe abandonar el papel cuanto antes. Para otros, se trata del mejor que ha habido y desean que filme dos o hasta tres películas más. Cada quién tiene su favorito, pero quizá la manera más sana de acercarse al fenómeno es aceptar que no hay un Bond perfecto. Todos han tenido sus fortalezas y sus debilidades.

Sean Connery capturaba el aura despiadada del personaje y su carisma es innegable, pero su actuación pertenece exclusivamente al territorio de “peliculandia”; en ocasiones rebasa lo icónico y raya en lo sobreactuado.

George Lazenby, aunque sólo filmó una película, mostró gran potencial. Sin embargo, las circunstancias estaban en su contra: era joven e inexperto, le tocó interpretar la historia con mayores retos histriónicos en la saga, y encima de todo, tenía que satisfacer a un público para el que no había más Bond que Sean Connery. Aún con esto, su trabajo es efectivo en la mayor parte del metraje. Es una lástima que haya sido debut y despedida.

Roger Moore destilaba clase y elegancia, pero su Bond fue más bien caricaturesco. Con el paso de los años, se convirtió en un “pedazo de rosbif ambulante” (para citar al buen Leonardo García Tsao). Aún así, logró hacer una interpretación propia y ganarse a la audiencia. Sus films pretendían divertir y lo lograban.

Timothy Dalton es quizá el actor que mejor ha capturado la personalidad literaria del 007. Su talento, formación y los guiones que interpretó lo ayudaron a combinar equilibradamente la sofisticación, sensibilidad, frialdad y neurosis que caracterizan al alter ego de Fleming (por cierto que mi papá me llevó a ver su segunda película, License to Kill [Glen, 1989], cuando tenía once años. Fue la primera vez que vi un film de Bond. La mezcla de humor, elegancia y acción trepidante me enganchó y desde entonces me aficioné a la franquicia).

Pierce Brosnan ha sido criticado por encarnar a un Bond demasiado superficial y blando, pero funcionó lo suficientemente bien para adueñarse del personaje por siete años. De algún modo, logró capturar algo de cada uno de los Bonds anteriores y al mismo tiempo imprimirle un toque personal. En muchos sentidos, sus películas sirvieron para dejar claro que la serie no se iría a ninguna parte.

La aproximación de Craig ha sido fuertemente comparada con la de Dalton; no tiene miedo de mostrar la humanidad del personaje, por lo que se ha ganado al grueso del público y se ha instalado en el imaginario colectivo como el nuevo agente 007.

A final de cuentas, nadie sabe qué le depara el destino a la saga, ni siquiera sus creadores; sin embargo, la única certeza que tenemos es, en realidad, la única que necesitamos tener: James Bond volverá.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Grindhouse (2007)


Hace aproximadamente dos años comenzó a circular una noticia que llamaría la atención de un buen número de cinéfilos. Los directores Quentin Tarantino y Robert Rodriguez unirían esfuerzos para realizar una cinta que consistiría en dos historias del género de terror; cada quién dirigiría una y después las juntarían.

En un principio, esto me remitió fuertemente a aquella colaboración que se dio entre George Romero y Darío Argento en el año de 1990, cuando rodaron el filme Dos Ojos Diabólicos, conformado por dos adaptaciones de cuentos de Edgar Allan Poe. Posteriormente, descubrí que el concepto de la película iba más allá de una simple antología de historias de terror. Se trataba de dos largometrajes por el precio de uno, una función doble; como las que Tarantino y Rodriguez solían disfrutar en la década de los 70, mientras padecían sus adolescencias.

El título de la cinta sería Grindhouse, mismo que requeriría de bastante verbalización para ser comprendido por el espectador común (al que un amigo bautizó como "Don-compra-su-boleto").

La campaña publicitaria de Grindhouse se basaría en explicar el concepto del film, que tiene su origen en las salas cinematográficas conocidas precisamente como “grindhouses” (de acuerdo con Leonardo García Tsao, se podría traducir como “cine piojito”). Estas salas eran cines viejos, gastados, ubicados en colonias que es mejor no frecuentar de noche. Ahí se proyectaban funciones dobles, pero no de producciones de los grandes estudios; sino de películas "sensacionalistas", por citar a Tarantino; cintas consideradas "de explotación" o "de Serie B", aunque esto no es del todo correcto (muchas de las cintas eran consideradas "Serie A" en sus países de procedencia). Los franceses engloban este tipo de películas con el término "Cinema Bis", y en gringolandia no es difícil escuchar a alguien referirse a ellas como "grindhouse movies".

Aunque el rango de temas y géneros quedó bien delimitado, existía cierta diversidad: filmes de terror de bajo presupuesto, películas de Samurais con arterias de manguera, cine de Kung Fu de los hermanos Shaw o de Jackie Chan, Spaghetti Westerns, Sexycomedias, pelis de motocicletas, pelis de Roger Corman, de Fulci y de Argento. También filmes sobre mujeres encarceladas y, por supuesto, el llamado Blaxploitation.

Década tras década (desde los 40 y 50 ya existía este tipo de salas), espectadores ávidos de emociones fuertes asistían a funciones dobles en los llamados "grindhouses", o en auto-cinemas de baja ralea. Muchos de ellos recuerdan aquellas noches como verdaderos eventos, era prácticamente un ritual; se seguía un protocolo. La película Grindhouse sería una recreación de dicho ritual, para brindar al público una probadita de la magia que éste poseía.

Puedo decir que mi experiencia con los "cines piojito" es casi nula, sin emabrgo, en la bella Xalapa, Ciudad de las Flores (no tan bella como Tangamandapio, pero tiene lo suyo), existían un par de cines conocidos como Variedades 1 y Variedades 2. Durante mi infancia me tocó ver su decadencia. El Variedades 1 terminó exhibiendo cine porno y el Variedades 2 sirvió de albergue para un buen número de ratas durante varios años.

Cuando yo iba en el 4to ó 5to año de primaria, se estrenó el largometraje Moonwalker (Kramer, Blashfield, Chilvers, 1988), estelarizado por Michael Jackson; una especie de documental/antología de su carrera, que concluía con un mediometraje de ficción en el que Joe Pesci no dejaba de gritar como desesperado. No se trataba de un filme sensacionalista, pero ningúno de los cines decentes en mi ciudad se dignó a exhibirlo. Sólo el Variedades 2 lo tomó por una semana. Ante mi insistencia, mi madre me llevó a visionar dicho filme.

Llegamos al lugar. Compramos los boletos. Bajamos la estrecha escalera (el Variedades 2 era subterráneo). Para mi sorpresa, la película que daban antes de Moonwalker no había terminado. Se trataba, ni más ni menos, que de Pánico en la Montaña (Galindo III, 1989), con Adalberto Martínez "Resortes". Me tocó ver los últimos diez minutos del metraje. De pie. Con los ojos y la boca bien abiertos. La calidad sonora de la película rebasaba lo insufrible pero, ¿a quién le importaba?... ¡una especie de brujo se quemaba vivo en una caldera!

Terminó la película. Más de la mitad de la audiencia abandonó el recinto y pudimos sentarnos tranquilamente a mirar Moonwalker. Sin embargo no he olvidado la sensación de claustrofobia que experimenté mientras Pánico en la Montaña llegaba a su resolución.

El 6 de Abril del año 2007 llegó el estreno de Grindhouse en “el gabacho”. Las noticias sobre su fracaso en taquilla no se hicieron esperar. Según Harvey Weinstein, el Productor Ejecutivo, la razón de dicho fracaso era la duración del film (3 horas 10 minutos). En mi opinión, la duración era lo de menos. ¿Quién se detuvo antes de comprar boleto para ver los culebrones más recientes de Peter Jackson? Es más probable que el concepto no haya resultado suficientemente atractivo para "Don-compra-su-boleto".

Si bien Grindhouse se puede considerar ya una película de culto, el grueso del público no logró interesarse por el homenaje que ésta representaba y optó por entrar a ver otras cintas que satisfacían en mayor medida sus necesidades de esparcimiento.

Como resultado, los hermanos Weinstein decidieron estrenar las dos películas por separado en el mercado internacional; con esperanzas de recuperar su inversión de 60 millones de dólares (sin contar los costos de marketing).

La entrega de Robert Rodríguez, Planet Terror, se inscribe abiertamente en el género zombie, dentro de la variante de infectados por un experimento bioquímico llevado a cabo por el ejército. Aunque la influencia de la saga de George A. Romero es clara, la película es más cercana a la serie Return of the Living Dead, debido a su tono de farsa desenfrenada.

Rodríguez declaró que llevaba más de una década con ese proyecto en mente, pero lo que lo animó a llevarlo a cabo fue el boom de cine de zombies que surgió tras el estreno de 28 Days Later (Boyle, 2002). Sin embargo, Planet Terror ignora la actualización que Boyle hizo del género y opta por recrear las atmósferas del cine de zombies de serie B de los años 70 y 80.

La entrega de Tarantino, Death Proof, es un largometraje que divide fuertemente a su audiencia. Para algunos, es un divertido homenaje a las películas de explotación de los años 70. Para otros, es un aburrido homenaje a las películas de explotación de los años 70. Lo cierto es que se trata de un film muy extraño. La primera mitad incorpora influencias de Russ Meyer pero termina siendo una especie de slasher poco ortodoxo. En la segunda parte se rinde tributo a los clásicos de persecuciones de autos, para finalizar una vez más recordando al maestro Meyer y con un contundente guiño a los fans del cine de Kung Fu.

Stuntman Mike se suma a la lista de villanos Tarantinescos, así como a la de personajes memorables encarnados por Kurt Russell. Se trata de un asesino con un método muy específico de trabajo, que le brinda a Tarantino la oportunidad de llevar su exploración de la acción y la violencia cinematográfica a nuevos terrenos.

Grindhouse se estrenó en la ciudad de México con en 7 salas. Desafortunadamente, la distribuidora Zima y las exhibidoras del país decidieron dejarla por la paz y no darle una corrida comercial decente en el resto del país. Finalmente, han sido editadas en video, con todo y el material extra que se incluyó en la edición Región 1. La mayoría de los fans de provincia ya la vio, pirata. Supongo que es el precio que paga Zima por estrenarla con tanto recelo.